Lee los textos siguientes y contesta las preguntas, justificándolas.

Género.
Tema.
Estructura.
Ideas principales.
Lenguaje y tecnicismos.


TEXTO 1: LAS ENFERMEDADES MENTALES (texto adaptado)

[Resumido de http://www.profesorenlinea.cl/Ciencias/Enfermedades_sicologicas.htm]


Las enfermedades mentales o sicológicas son desórdenes o trastornos del cerebro que alteran la manera de pensar y de sentir de la persona afectada, al igual que su estado de ánimo y su habilidad de relacionarse (identificarse) con otros. Pueden afectar a personas de cualquier edad, raza, religión o situación económica.

La mayoría de las personas que tienen una enfermedad mental necesitan medicamentos que ayudan a controlar los síntomas de su patología. Las más comunes entre estas enfermedades son:

El estrés

Las personas pueden experimentar el estrés cuando se encuentran ante conflictos importantes que pueden ser peligrosos o difíciles de superar.

Entre los síntomas sicológicos del estrés están la ansiedad y la tensión, la preocupación incontrolable, la irritación, la distracción, y la dificultad de aprender cosas nuevas.

Las neurosis

Son las afecciones producidas por disfunciones del sistema nervioso. En las neurosis no hay lesión física ni alteración de la personalidad.

Algunos ejemplos de neurosis son el pánico, la fobia social, el trastorno obsesivo-compulsivo y el estrés postraumático.

La esquizofrenia

La esquizofrenia es un conjunto de severos síntomas sicológicos que incluyen ilusiones (creencias irracionales), alucinaciones, pensamiento y habla incoherentes, paranoia, ansiedad intensa e incontrolable, y un comportamiento extraño. Otros síntomas son la pérdida de experiencias y expresiones emocionales, pérdida de poder e iniciativa, inhabilidad de experimentar placer o de interesarse en cosas, y tendencia al aislamiento.

La paranoia

En general, quienes padecen esta enfermedad refieren altos niveles de sospecha y desconfianza, y manifiestan la creencia de que son víctimas de odio, celos, engaños, persecuciones y resentimientos por parte de otras personas.

El paranoico parece una persona normal; pero es desconfiado, hostil, controlador y desarrolla resentimientos y celos.

La depresión

La depresión es un problema emocional muy grave por el que el individuo no deja de sentirse triste y vacío. Constantemente, se siente abandonado y desperanzado.

Las personas deprimidas, usualmente, sufren de ansiedad e irritabilidad, falta de motivación, y pérdida de placer con las cosas que antes les gustaba hacer. También tienen problemas con el apetito y el sueño.

Muchas personas deprimidas tienen pensamientos suicidas y entre el diez y el quince por ciento terminan por quitarse la vida.

La demencia

La demencia se refiere a una disminución o deterioro generalizado de las facultades intelectuales como la pérdida de memoria, de la atención y del pensamiento abstracto.

La persona que sufre de demencia se puede perder fácilmente y puede ser incapaz de hacer cosas simples como volver a entrar en casa después de que haya cerrado la puerta. La demencia más conocida es la enfermedad de Alzheimer, la cual no suele empezar antes de los 55 años.


TEXTO 2: LA MUJER EN LA EDAD MEDIA (texto adaptado)

Autora: Ana Molina Reguilón
[Extraído y adaptado de http://www.arteguias.com/mujeredadmedia.htm]


El principal problema que nos encontramos a la hora de profundizar en la historia de las mujeres en la Edad Media es su ausencia de participación en las fuentes escritas, por lo que no es fácil rastrear sus actividades diarias, sus posicionamientos y pensamientos, sino que lo poco que sabemos nos ha llegado a través de los escritos masculinos. A pesar de esta dificultad, conocemos a grandes figuras como Leonor de Aquitania, Juana de Arco o Christine de Pisan, así como muchos elementos de su vida cotidiana: podemos conocer qué comían, a qué se dedicaban, cómo cocinaban, qué vestían, etc.

En España, la Edad Media comenzó el siglo VIII con tres religiones conviviendo: la judía, la musulmana y la cristiana, que son, además, tres formas distintas de pensar, entender y definir a la mujer.

En la España cristiana, la Iglesia impone un orden moral que se ve reforzado por un sistema social muy rígido, marcado únicamente por el nacimiento, donde las diferencias de clase son claras. Estos dos elementos, junto con la proliferación de obras que tratan sobre el carácter femenino, definirán la posición de la mujer a lo largo de la Edad Media.

La Iglesia tenía reservadas para la mujer dos imágenes que instauraron dos modelos en una sociedad cada vez más compleja que había que dirigir con mano de hierro si se quería controlar. El primero de ellos es el de Eva, que fue creada con la costilla de Adán y propició la expulsión de ambos del Paraíso. El segundo es el de María, que representa, además de la virginidad, la abnegación como madre y como esposa.

Ligado directamente a este aspecto, y teniendo en cuenta que la virtud más importante para la mujer es la castidad, la cuestión de la sexualidad es ampliamente tratada por el clero. Entorno a ella surgen distintos debates que siempre concluyen en el mismo punto de exigencia para la mujer: despojar al acto sexual de todo goce y disfrute para entenderlo como un deber conyugal, que tiene como objetivo la procreación. El sexo es, por lo tanto, solo posible dentro del matrimonio y con el esposo, no estando permitidas a la mujer, bajo pena de escarnio y muerte, las relaciones prematrimoniales ni adúlteras.

Si hacemos caso a los libros profanos, el ideal de amor era el preconizado por el amor cortés y la mujer descrita en él se caracterizaba por ser casta, prudente, trabajadora, honrada, callada y hermosa. También era culta, capaz de entretener y sorprender a su caballero. Si nos referimos al físico, como en los saberes y la literatura, se impone el modelo clásico: la figura femenina de las esculturas romanas donde las mujeres poseen un vientre abultado y generosos pechos, símbolo de la fertilidad, así como una figura algo redonda, signo de su clase social. Además, gusta la mujer de piel clara, que no ha ennegrecido trabajando al sol, de cabellos rubios y rizados. Si tenemos en cuenta las duras condiciones de vida y la casi inexistencia de cosméticos, podemos considerar que se impusieron unos cánones muy extremos.

Desde el punto de vista social, podríamos hacer una triple diferenciación en cuanto a la posición de las mujeres en él: la mujer noble, la campesina y la monja. La primera de ellas era la única que podía gozar de grandes privilegios y la que podía alcanzar un mayor reconocimiento. Era el centro del hogar, donde se encargaba no sólo del cuidado de los hijos y su educación, sino también de la organización de los empleados, del control de la economía y, en ausencia de su marido,(bastante común en la época por las guerras o las cruzadas) era la encargada de tomar las decisiones en sustitución de su esposo.

El día de la mujer noble podía llegar a ser agotador dependiendo de las posesiones que tuviese que dirigir, de sus empleados y del número de hijos. Tampoco el dinero o el prestigio hacían que estas mujeres fueran plenamente felices ya que eran utilizadas como moneda de cambio a través de las uniones matrimoniales que servían para sellar pactos, estratégicos o políticos, y así aumentar las posesiones de uno u otro hombre. A la mayor parte no se les permitía intervenir en política y, aunque eran las transmisoras de la dote, según la legislación, no podían gozar de ella en su estado de casadas, solteras o viudas porque pertenecían al padre, al esposo o al hijo.

Sin lugar a dudas, era la mujer campesina medieval la que más duras condiciones de vida tuvo que soportar. Dentro del hogar era la encargada de la cocina, de las ropas, de la limpieza, de los hijos, etc.; fuera de él, debía ocuparse del ganado y participar en las labores de las tierras de cultivo.

Las mujeres que residían en la ciudad, además de ocuparse de su familia y la casa, debían participar del negocio familiar y ayudar a su marido en cualquiera de las actividades que este llevase a cabo. Si ambos cobraban un salario, el de la mujer era notablemente menor, aunque realizasen los mismos trabajos.

Cuando la mujer era soltera o viuda, trabajaba normalmente en el servicio doméstico, en el hilado, como lavandera, cocinera o en el campo, como bracera o jornalera.

Por último, las mujeres que optaban por dedicar su vida a Dios lo hacían por diversos motivos: algunas, por haber cometido pecados en su vida, con la intención de redimirse; otras, por ser unas segundonas que habían visto cómo su dote se iba con una hermana mayor; muchas, simplemente, elegían el convento como forma de evitar un matrimonio pactado. Estas últimas han sido las que más expectación ha generado en la historiografía a causa de las particularidades de los conventos y de la relativa libertad que se vivía dentro de ellos.

La educación fue uno de los campos en los que la mujer tuvo cierto espacio en la Edad Media. Las mujeres humildes, a pesar de ser analfabetas, eran las encargadas de transmitir la cultura y los conocimientos que poseía a los hijos y las hijas. En cuanto a las que pertenecían a la nobleza: cultivaban los saberes, dominaban la escritura y la lectura, aprendían lenguas y se instruían en ciencias y en música.

De cualquier forma, y a pesar de los conocimientos que tuviesen o su clase social, todas eran las instruidas en la religión y debían aprender a organizar un hogar. A las niñas plebeyas las iniciaba en la costura, el hilado, las tareas del huerto y el ganado, y, si tenían un negocio familiar, en las labores que debían desempeñar. A las nobles se las mostraba cómo dirigir al servicio, así como una rígida forma de comportarse.

Las monjas eran las más afortunadas entre todas las mujeres si a la educación nos referimos, pues podían llegar incluso a conocer el latín y el griego y, por tanto, a leer y a escribir. A pesar de que no era lo común, hoy en día sabemos de mujeres que, retando a su tiempo, escribieron en los conventos: Hildegarda de Bingen o Gertrudis de Helfta. Todas ellas debieron enfrentarse a los prejuicios de la época ya que eran consideradas seres poco inteligentes por el simple hecho de ser mujeres.

Las prescripciones o normas que debían seguir las mujeres, independientemente de su edad o clase social, se regían por los libros de los monasterios. Destacan las obras de fisiología que argumentaban que la diferencia entre sexos era una cuestión biológica: a las mujeres les atribuían unos humores fríos y húmedos, mientras que a los hombres se les consideraba calientes y secos, la perfección y medida de todas las cosas. Además, las mujeres eran consideradas seres más débiles que los hombres en los aspectos morales y también en los físicos porque se consideraba que en ellas estaba el origen de las enfermedades venéreas.

Estos tratados fisiológicos, junto con otros escritos sobre moral y costumbres, así como una regulación jurídica muy negativa para la mujer, hicieron de la Edad Media una etapa oscura, de austeridad y de prohibiciones para ella, en la que su comportamiento estuvo regido por la institución de la Iglesia, como único garante del buen orden social y vigilado por los maridos como ejecutores de las normas.

Sin embargo, hubo en la época grandes mujeres que se adelantaron a su tiempo logrando hacerse un hueco en la historia a pesar de la posición de inferioridad a que las relegaba su sexo.