LA CHICA PERFECTA

                                                                                       Haruki Murakami

(Fuente: https://culturainquieta.com/es/arte/literatura/item/16729-una-bonita-manana-de-abril-me-cruce-con-la-chica-100-perfecta-un-relato-de-murakami.html)


Una bonita mañana de abril, en una estrecha calle del barrio chic de Harujuku en Tokio, me crucé andando con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, ella no es tan guapa. No destaca de una manera concreta. Sus ropas no tienen nada especial. La parte de atrás de su pelo todavía está aplastada por haber dormido. No es joven, tampoco. Debe de estar cerca de los treinta; nada cercano a una chica, hablando con propiedad. Pero aún así, lo sé desde 50 metros de distancia: ella es la mujer 100% perfecta para mí. En el momento en que la veo, siento un retumbar en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.

Quizás ustedes tengan su particular tipo favorito de chica – perfecta, con tobillos delgados, digamos, o grandes ojos, o dedos graciosos, o se vean atraídos, sin una razón, por aquellas que se toman su tiempo con cada comida. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. Algunas veces, en un restaurante, cuando me doy cuenta, estoy mirando a una chica de la mesa de al lado a la mía porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede insistir en que la chica perfecta se corresponde con algún modelo preconcebido. Aunque me gustan mucho las narices, no puedo recordar la forma de la nariz de ella o, incluso, si tenía una. Todo lo que puedo recordar con certeza es que ella no era una gran belleza. Es extraño.

“Ayer, en la calle, me crucé con una chica perfecta”, le digo a alguien.
“¿Sí?” dice él. “¿Guapa?”
“No realmente”
“¿Tu tipo favorito, entonces?”
“No lo sé. No parece que recuerde algo de ella: la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho”
“Extraño”
“Sí. Extraño”
“De cualquier manera”, dice él, ya aburrido, “¿qué hiciste? ¿Hablaste con ella? ¿La seguiste?”
“No. Solo me crucé con ella en la calle”. Ella iba hacia el Oeste, y yo hacia el Este. Era una bonita mañana de abril.

Hubiera deseado hablar con ella. Media hora hubiera sido suficiente: solo preguntarle por ella, hablarle de mí y – lo que más me habría gustado hacer - explicarle las complejidades del destino que condujo a nuestro encuentro en una estrecha calle en Harajuku una bonita mañana de abril de 1981. Después de hablar, habríamos comido en cualquier sitio, quizás habríamos visto una película de Woody Allen o parado en un bar de hotel para tomar unos cocktails. Con algo de suerte, podríamos haber acabado en la cama.

La potencialidad llama a la puerta de mi corazón. ¿Cómo me puedo aproximar a ella? ¿Qué le debería decir?  “Buenos días, señora. ¿Piensa que podría compartir media hora de conversación conmigo?”. Ridículo. Hubiera sonado como un vendedor de seguros. “Perdóneme, ¿sabría por casualidad si hay una tintorería abierta las 24 horas en el barrio?”. No, igual de ridículo. No llevo ni ropa sucia, en primer lugar. ¿Quién va a creerse una cosa así? Quizás, la simple verdad lo haría. ”Buenos días. Usted es la chica perfecta para mí.” No, ella no lo creería. Incluso si lo creyese, ella no querría hablar conmigo. “Perdón”, podría decir, “puede ser que sea la mujer perfecta para ti, pero tu no eres el hombre perfecto para mí.” Podría pasar. Y si me encontrase en esa situación, probablemente me querría morir. Nunca me recuperaría de ese shock. Tengo 32 y esto es lo que significa hacerse mayor.

Pasamos frente a una floristería. Una cálida y suave brisa de aire toca mi piel. El asfalto está húmedo y siento el olor de las rosas. No me atrevo a hablarle. Ella viste un jersey blanco, y en su mano derecha sostiene un sobre blanco que carece de sello, por lo que deduzco que ha escrito una carta a alguien. Quizás estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por las ojeras en sus ojos. El sobre podría contener todos los secretos que ella hubiese tenido siempre. Avanzo un poco más y me doy la vuelta. Ella se pierde entre la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente que debería haberle dicho. Habría sido un discurso largo, demasiado quizás para haberlo desarrollado adecuadamente. Las ideas que se pasan por la cabeza no son nunca muy prácticas. Bien. Hubiera comenzado con “Érase una vez” y terminado con “Una triste historia, ¿no cree?”.

Érase una vez, un chico y una chica. El chico tenía 18 años y la chica 16. Él no era especialmente guapo y ella tampoco. Solo eran un hombre y una mujer solitarios como todos los demás, pero ellos creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo había un hombre y una mujer perfectos para ellos. Sí, ellos creían en un milagro. Y ese milagro ocurrió realmente. Un día, los dos se encontraron en una esquina de una calle.

“Esto es increíble,” dijo él, “te he estado buscando toda mi vida. No lo creerás, pero tú eres la mujer perfecta para mí.”
“Y tú”, dijo ella, “eres el hombre perfecto para mí, exactamente como te había soñado en cada detalle. Es como un sueño.”

Se sentaron en un banco del parque, se cogieron de las manos y se contaron sus historias el uno al otro hora tras hora. Ya no estaban solos. Habían encontrado y sido encontrados por su pareja perfecta. Qué cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu pareja perfecta. Es un milagro, un milagro cósmico.

Mientras conversaban sentados, sin embargo, una pequeña sombra de duda enraizó en sus corazones: ¿estaba bien que los sueños de alguien se hicieran realidad tan fácilmente? Y así, cuando se produjo una pausa momentánea en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Vamos a probarlo para nosotros una vez. Si realmente somos el amor perfecto del otro, entonces, alguna vez, en algún lugar, nos encontraremos otra vez, sin duda. Cuando pase, sabremos que somos la pareja perfecta y nos casaremos. ¿Qué piensas?.”
“Sí,” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer.”

Entonces, se separaron. Ella fue al este y él al oeste. La prueba que habían acordado, sin embargo, era innecesaria. No la deberían haber realizado, porque eran real y verdaderamente la pareja perfecta y era un milagro que se hubiesen encontrado; pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran.

Las frías, indiferentes olas del destino continuaron sacudiéndolos despiadadamente. Un invierno, el chico y la chica cayeron enfermos de una terrible gripe y, después de luchar entre la vida y la muerte, perdieron la memoria de sus años más tempranos. Cuando se dieron cuenta sus cabezas estaban vacías. Fueron dos brillantes y decididos jóvenes, sin embargo, y gracias a sus esfuerzos constantes fueron capaces de adquirir otra vez el conocimiento y el sentimiento que les posibilitó volver como miembros hechos y derechos a la sociedad. Gracias a Dios, se convirtieron en ciudadanos que sabían cómo utilizar el metro o ser capaces de enviar una carta especial al correo. También experimentaron el amor otra vez; algunas veces, como mucho al 75% u 85%.

El tiempo pasó con una rapidez espantosa y, pronto, el muchacho cumplió 32 años y la muchacha 30. Una preciosa mañana de abril, el muchacho andaba del oeste al este en busca de una taza de café para comenzar el día, mientras la muchacha, con la intención de enviar una carta, andaba del este al oeste. Los dos caminaban sobre la misma estrecha calle del barrio de Harajuku en Tokio. Se cruzaron en el centro mismo de la calle. El destello más débil de sus memorias perdidas brilló tenuemente, por un breve momento, en sus corazones. Cada uno sintió un retumbar en su pecho. Y ellos supieron:

"Ella es la mujer perfecta para mí."
"Él es el hombre perfecto para mí."

Pero el brillo de sus memorias era demasiado débil y sus pensamientos ya no tenían la claridad de catorce años antes.
Sin una palabra, se cruzaron, desapareciendo entre la multitud. Para siempre. Una triste historia, ¿no cree?

Sí, eso es; eso es lo que debería haberle dicho.